viernes, 24 de abril de 2009

De Javier Sologuren

Estructuras

No sé qué me llevó a recoger del suelo, aún húmedo del amanecer, ese largo y delgado tallo coronado por un semiesférico conjunto de disparadas nervaduras. En verdad, lo tomé como un recuerdo, como una especie de juguete arruinado por el tiempo. Un resto definitivamente seco y austero y -en cierto modo dentro del esplendor coloreado del jardín- bañado por una áspera melancolía.
Puesto en un vaso sobre mi escritorio, atrae casi siempre mi atención sugiriéndome volanderas reflexiones. Lo he escogido como una suerte de ornamento siendo como es algo que contradice el halago visual y encandilador de los sentidos. Pero me gratifica verlo. Sé, ahora, lo que es: una estructura. El esqueleto, el sostén sistemático de un cuerpo del que conserva la forma interior, la distribución exactamente simétrica de sus componentes.
La desnudez de ese tallo empenachado, su frágil firmeza, satisfacen un deseo de penetración en el mundo (no aparencial) de los Modelos que sobreviven a la caducidad de la carne y de la flor.