sábado, 11 de abril de 2009

De R. M. Rilke

Si yo hubiese crecido donde son
ligeros los días y más claras las horas,
te hubiese inventado una límpida fiesta,
y mis manos no te estrecharían
como lo hacen, a veces, tendidas e inquietas.

Me hubiese atrevido, allá, a derrocharte,
¡oh regalo infinito!
Como una pelota te hubiese arrojado
a todas esas alegrías que desbordan;
te hubiese lanzado para que alguien te recogiera,
saltando, con las manos en alto,
saliendo al encuentro de tu caída,
¡oh cosa entre las cosas!

Te hubiese hecho destellar
como una hoja de acero.
El anillo de oro más puro
hubiese engastado tu fuego
y me lo guardaría
bajo la mano más blanca.
Te hubiese pintado:
no en un muro, sino en el mismo cielo.
Te hubiese formado como un gigante
te formaría: montaña o incendio,
o simún que sopla en el desierto,
o acaso, simplemente,
un buen día te hubiera encontrado...

Mas todos mis amigos están lejos;
apenas oigo aún vibrar sus risas;
eres un pajarillo de patas amarillas
y ojos grandes: y me das pena.
(Mi mano, para ti, ¿es todavía demasiado grande?)
Y mi dedo recoge esta gota en la fuente.
Espero con ansia, para ver si, levantando el pico
llegarás a beberla.
Siento latir tu corazón,
y siento el mío:
porque ambos tienen miedo.