sábado, 21 de junio de 2008

Osario

Miro el cielo y sé que es de tarde. Afuera del vehículo, que conduce un extraño señor que mantiene mi apellido, todo luce fresco y doloroso. El cielo violeta y su infinitud. El sol, que avanza junto con el automóvil, es tal vez el único objeto distante que mis ojos no pierden de vista. Se van los cerros, se van las casas semiconstruidas, se van los hombres. El mar sigue allí, pero en algún momento se irá. Antes que se vaya, engullirá al sol.

¿Engullir?

Mis dientes... Saboreo el dulce con la lengua. Los osos crocantes que he comido toda la mañana. Uno por uno. Algunos osos no tenián cabeza. Otros venían sin brazos.

Tengo hambre... y tengo la misma bolsa de galletas en el bolsillo del saco.

Su peso es ligero. Inserto mis dedos y me llevo algo a la boca. Sólo encuentro pequeñas partes de los osos... bracitos, cabezas, bracitos, piernitas. El paquete de galletas es ahora una colección de extremidades, tal vez un insignificante cementerio.

Sebastián