martes, 17 de febrero de 2009

La vista de un perro...

La vista de un perro que atravesó la carretera justamente ante el automóvil, la despertó de su ensueño. ¡Cuán rápida y bruscamente se había precipitado al estrecho universo de los faros! Existió durante la fracción de un segundo, en una carrera desesperada, y desapareció de nuevo en la oscuridad al otro lado del mundo luminoso. Otro perro surgió de pronto en su lugar, persiguiendo al primero.
-¡Oh! -exclamó Elinor-. Lo vamos a... -Los faros desviaron sus luces y alumbraron de nuevo rectamente; hubo una sacudida amortiguada, como si una de las ruedas hubiera pasado sobre una piedra; pero la piedra emitió gañidos-... aplastar -concluyó ella.
-Ya lo hemos hecho.
El chofer indio volvió hacia ellos un rostro sonriente. Veían el brillo de sus dientes.
-¡Perro! -dijo.
Estaba orgulloso de su conocimiento de la lengua inglesa.
-¡Pobre animal! -exclamó Elinor estremeciéndose.
-Él ha tenido la culpa -dijo Philip- por no abrir los ojos. Esto es lo que se saca con andar detrás de las hembras de la propia especie.
Se hizo un silencio. Philip fue quien no tardó en romperlo.
-La moral -reflexionó en voz alta- sería muy curiosa si nosotros amáramos periódicamente en vez de hacerlo de enero a enero. Lo moral y lo inmoral variarían de un mes a otro. Las sociedades primitivas tienden a vivir más conforme a las estaciones que las cultivadas. En Sicilia mismo hay el doble de nacimientos en enero que en agosto. Lo cual prueba, concluyentemente, que en la primavera la fantasía de los jóvenes... Pero en ninguna parte ocurre únicamente en primavera. No hay en lo humano nada absolutamente análogo al celo de las perras y las yeguas. Excepto -añadió-, excepto acaso en la esfera moral. La mala reputación de una mujer atrae como los signos de celo de una perra. La mala fama la anuncia como accesible. La ausencia del celo es, en el animal, el equivalente de los hábitos y principios de la mujer casta...
Elinor escuchó con interés y al mismo tiempo con una especie de horror. El mero atropello de un desgraciado animal bastaba para poner en movimiento aquella inteligencia viva e infatigable. Las ruedas del coche habían roto el espinazo de un pobre perro paria, muerto de hambre, y esto le evocó a Philip un extracto de las estadísticas de la natalidad en Sicilia, una especulación acerca de la relatividad de la moral, una brillante generalización psicológica. Era divertido, era inesperado, era maravillosamente interesante; pero, ¡ay!, Elinor sintió ganas de gritar...
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Aldous Huxley en Contrapunto