jueves, 8 de julio de 2010

Las torres o breve ensayo sobre lo mínimo (I)



¿Las grandes obras obedecen a un mandato ciego del destino?
I

El principal prejuicio que enfrenta el arte de este nuevo siglo se concentra en una sola fórmula: el genio. Durante casi doscientos años, esta ficción se ha apoderado del ímpetu de los creadores, de los amorosos hombres de letras, de los fascinados filósofos. Es un elegido y su palabra fundadora (y real) posee la clave del universo. Desde el romanticismo alemán esta concepción ha sido puesta como principio de cualquier tipo de arte, al punto de que nuestra lengua no ha hecho sino capturar este sentido dentro de su manifestación cotidiana. ¡Es un genio!, decimos con aceptación, con abandono, como una muestra de elogio. Durante dos siglos esta categoría ha sido “productiva”, pues ha permitido “explicar” (especialmente para el sentido común) la generación del arte. Descendiente directa del poseso platónico, la imagen del genio se ha apoderado de nosotros, ha erigido su pequeño reino en nuestra memoria del tiempo. Sin duda, en un contexto donde todavía era posible la réplica de un individualismo poderoso, sólido —entendido como acceso al infinito— una concepción como esta tenía asidero. Pero tras la desestabilización de la consciencia moderna, ante el surgimiento de una concepción más modesta del yo, ¿cuáles son las posibilidades que ofrece una mirada empequeñecedora como esta? No hace sino disminuir nuestro campo de observación. No hace sino alejarnos doblemente del fenómeno artístico. Su correlato unívoco es la salida existencial: el hombre produce arte porque anhela la superación de su finitud. De esta manera se termina por trascendentalizar la esfera productiva del arte. Engañados en la justificación y en el agente, no debemos desistir en nuestra comprensión, abandonarnos a una explicación facilista de este tipo nos aleja de la realidad del objeto artístico. El arte tiende a la trascendencia, no es trascendente. Su aproximación a lo supranatural es un producto de la lectura, del contacto con el espectador, no un componente intrínseco de la obra. Esa extraña magia sólo se da en la relación que reúne ojos, piel y oídos (o, si prefieren, sensibilidad, inteligencia y percepción) a la fuerza estremecedora que surge en un punto fijo y se materializa en una pieza cualquiera. Este nuevo siglo nos obliga a repensar estas nociones o, incluso, a descartarlas.