miércoles, 9 de septiembre de 2009

Marilyn

Por: Santiago Marcelo

Hace unos meses tuve la oportunidad de revisar un libro donde estaban reunidas todas las fotografías de la última sesión de Marilyn Monroe, aquella que realizó días previos a su muerte. Fue así como descubrí su incesante coquetería y la destreza de su cuerpo para hipnotizar a cualquiera: toda una máquina de seducción depositada en el mundo para que cada uno de los hombres se adhiriera al delicioso culto de diosa plástica que ella encarnaba; pese a que por dentro se estuviese pudriendo inevitablemente.

(imágenes de Bert Stern)




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Por casualidades de la vida, que como ya debemos saber, nunca lo son, he leído dos novelas en simultáneo, las cuales en sus historias mencionan a Marilyn, de una u otra forma. A una ya la había leído años atrás, y a la otra llegué debido a un honesto impulso de querer actualizar mis lecturas de producción nacional contemporánea. Las novelas a las que me refiero son Primera muerte de María (1988) de Jorge E. Eielson y Hotel Lima (2006) de Miguel Ildefonso.


En la novela de Eielson se alternan varios discursos entre ellos (siendo así una verdadera novela collage): la historia de unos pescadores pobres, supervivientes en una Lima fuera de tiempo, tétrica y alucinante, voraz e inmisericorde; la descripción del sensual, y a la vez decadente, espectáculo estriptisero de una vedette conocida como Lady Ciclotrón; así como un conjunto de anotaciones de un aparente diario personal del autor, pretexto idóneo para reflexionar sobre sí mismo y su obra. Con la novela de Ildefonso, nos adentramos en un archipiélago de luz y sombra, donde la conciencia del narrador adquiere distintos papeles, utilizando distintos registros, siempre conservando un tono épico aunque desamparado, buscando refugiarse finalmente en la figura del pintor Víctor Humareda, una especie de arquetipo del artista maldito, aislado entre el sucio borde del cielo de Lima y sus edificios habitados por espectros del pasado.


En la obra de Eielson (1), Marilyn aparece en un sala de cine, cuando José y María, los dos protagonistas, entran para poder ver la película ¿Cómo casarse con un millonario?, con la participación de la “bomba rubia”. Desafiando los límites de la realidad, ella saldrá de la pantalla y nadará por encima de los cautivados espectadores, todos deseosos de tocarle un dedo siquiera.


(Tráiler original de 1953, a technicolor aquí)


En la novela de Ildefonso (2), la actriz sostiene un largo diálogo con Víctor Humareda, en la famosa habitación 283 donde se hospedó el pintor. Marilyn es la “musa de la oscuridad”, de allí que actúe en el papel de amante del artista. Cansada de los continuos descuidos de este, quien parece haberla olvidado, inicia una apasionada discusión que deriva en una trágica escena final de la historia entre ambos, el pintor y su musa.


En un fragmento posterior, las palabras de Eielson sobre Marilyn serán las siguientes: “En 1962, dos años después de la escritura del pasaje anterior, Marilyn Monroe se suicidó en su casa de Hollywood”. Sin embargo, ella significará algo más, no solo un adorno de la memoria, será uno de los primeros productos dentro de las nuevas experiencias de Eielson, como artista plástico. Hablamos de las instalaciones con distintos restos de prendas de vestir, que a la larga derivarán en sus reconocidos “quipus” (3). La novela de Ildefonso cerrará, en cambio, con un verdadero texto del mismo Humareda (“Tragedia en un acto: el ascensor”), donde, como una especie de reflexión poética, fugaz pero contundente, el pintor describirá su tierno y frustrante encuentro con su amada musa, siempre escurriéndosele de las manos, pero jamás de la mirada (4).


Cabe la inquietud: ¿por qué ese desdén, esa especie de inquina, contra Marilyn?


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Para más de uno, Marilyn pudo encarnar a la verdadera belleza en Occidente. Repetir cualquiera de sus atributos sería innecesario, todos los conocemos de algún modo: su cuerpo entero se convirtió en símbolo de la perfección perseguida (Recuérdese a la mujer que hizo de su doble en muchas de las películas que filmó: cuando murió la diva, decidió seguir en el papel de doble hasta que su cuerpo decidió devolverle la identidad). Era como una especie de imán cósmico, todo aquello que palpitaba se dirigía a ella, atravesando el tiempo y el espacio. La verdadera belleza de Occidente que Marilyn representó, era una belleza extremadamente sensualista y cautivadora, aunque aprobada por la sociedad, y por ende, nada enigmática; sobreexpuesta, hasta confundirse con las demás mercaderías de moda: sus labios solo fueron reales cuando estuvieron detrás de una pantalla, delante de una cámara; e insatisfecha, siempre buscando más, pidiendo más, pero que nunca nadie supo descifrar qué.


El verdadero arte (todavía existente, aunque en algún recóndito lugar del universo llamado ser humano), ese arte que, en ocasiones, es tan solo un gesto inesperado más que una coreografía ensayada; ese arte que rehúye de los flashes y busca alumbrar como el sol; ese arte, ajeno al lujurioso protocolo y a la propaganda fácil; ese arte mucho más sincero y mucho más vivo; nunca necesitó de una belleza como la que representó Marilyn.


Ahora, creo que podemos comprender todo...